El iPad de Arquímedes

El 27 de julio 2018 tendremos el eclipse total de luna más largo del siglo. Un 28 de mayo de 585 a. C. tuvo lugar un eclipse solar visible en Oriente Próximo, el día en que el ejército del rey medo Ciáxares, quien había acabado con el imperio Asirio, se encontraba a orillas del río Halys (en Anatolia) con la intención de conquistar el Reino de Lidia. Sin embargo, un eclipse solar que se produjo aquel día terminó abruptamente con la batalla y con la guerra (la narración nos la transmite Heródoto). Este eclipse ha pasado a la historia por ser el primero del que se documenta su predicción por el filósofo Tales de Mileto (quien además era astrónomo, matemático e ingeniero), y que se hallaba entre los integrantes del ejército lidio. Tales predijo con exactitud que ese día se convertiría en noche. Este ejemplo nos reafirma una vez más cómo la información y el uso que de ella se hace caminan a la par con la investigación y progreso tecnológico.

 

 

Vivimos la época de la computación digital en la nube, cloud computing. Unos servidores conectados a Internet se encargan de atender la entrega de los recursos informáticos mediante una red global ofreciendo un servicio en el que los usuarios pueden acceder a infinitos servicios disponibles,  sin conocimientos previos en la gestión de los recursos y que pueden usar desde cualquier dispositivo móvil o fijo ubicado en cualquier lugar.

Esta era tecnológica es el paso más reciente en la evolución de las computadoras, pero hoy vamos echar un vistazo somero a sus orígenes en la Antigüedad, cuando se construyeron diferentes computadoras o dispositivos analógicos, sobre todo con fines astronómicos. Por ejemplo, el astrolabio, cuyos orígenes parecen ubicarse en el siglo I a. C. en la famosa escuela de Alejandría, que permitía determinar la posición del sol y las estrellas a cualquier hora del día, asimismo determinar la latitud de un lugar, el número de horas de luz entre el amanecer y el anochecer, y la duración del crepúsculo en cualquier época del año.

 

 

Durante muchos años se pensó que los sistemas de engranajes de cierta complejidad no se inventaron hasta mediados del siglo XVI, pero un peculiar incidente ocurrido a principios del siglo XX hizo que los historiadores cambiaran drásticamente su forma de pensar con respecto a la tecnología de que se disponía en los tiempos de antes de Cristo.

En 1900 una embarcación que conducía a un grupo de pescadores de esponjas griegos fue atrapada por una tormenta en el mar Egeo. Buscando abrigo desembarcaron en la pequeña isla de Anticitera, a medio camino entre Creta y Grecia continental. Tras la tormenta, los pescadores decidieron sumergirse en las aguas cercanas en busca de esponjas. A poco de la inmersión uno de los buzos salió despavorido del agua balbuciendo que había hallado una pila de mujeres desnudas muertas. Las mujeres muertas no eran otra cosa que el pecio de una nave romana, estatuas de bronce de tamaño natural parte de la carga de un barco hundido en esas aguas alrededor del año 80 antes de Cristo, juntamente con otros invaluables tesoros que la nave contenía en su interior, (joyas, oro y diversos artefactos de gran valor histórico).

 

 

Se rescataron múltiples fragmentos de estatuas de bronce, pero uno de éstos no parecía corresponder a ninguna estatua, sino que más bien pertenecía a un mecanismo que habría estado en el interior de una caja de madera. Desgraciadamente, la sal del agua se había incrustado de tal manera en el artefacto que no había forma de saber de qué se trataba, y el enigmático dispositivo se albergó junto con los demás hallazgos en el Museo Arqueológico Nacional de Grecia, ubicado en Atenas. Se especuló que podía ser un astrolabio, pero la complejidad del sistema de engranajes hacía pensar que era un instrumento mucho más elaborado, aunque nadie mostró mucho interés en analizar el dispositivo con mayor detalle durante varios años.

 

 

Nadie le prestó atención hasta 1951 cuando el físico e historiador británico Derek John de Solla Price decidió descifrar el misterio del denominado mecanismo de Anticitera. Se trasladó a Atenas y, tras obtener los permisos correspondientes, dedicó los ocho años siguientes a estudiar cuidadosamente el aparato, aprovechando su experiencia con mecanismos antiguos (como los astrolabios). Contrató un servicio especial de limpieza para el dispositivo y obtuvo placas de rayos X de su interior, a fin de visualizar las partes inaccesibles a simple vista. De Solla Price publicó sus conclusiones en 1959 y desató una tempestad académica equivalente a la que hundió el barco que transportaba este mecanismo en el siglo I a. C.

El mecanismo de Anticitera estaba contenido en un estuche de madera de unos 30 centímetros de alto por 20 de largo y 10 de ancho y contaba con una especie de eje en uno de sus lados. Tanto la cara frontal como la trasera parecen haber contenido discos que representaban las posiciones del Sol y la Luna para cada día, con base en un calendario lunar. En su interior se albergaban unos 30 engranajes diferentes fabricados de una aleación de bronce. Lo peculiar del mecanismo es que, según Price, contenía un complejo conjunto de engranajes llamados tornamesa diferencial epicíclica. Este mecanismo consta de un engranaje grande que puede rotarse en diferentes direcciones mediante dos engranajes más pequeños, de forma similar al diferencial de los automóviles modernos. La importancia de este hallazgo consiste en saber que este tipo de mecanismos no reapareció en Europa hasta unos 1700 años después.

 

 

El mecanismo de Anticitera es una computadora analógica cuya construcción parece remontarse al año 87 a. C. (esta fecha es el resultado de someter el dispositivo a un estudio de radiación gama en 1971 y corroborado por la arqueóloga Virginia Grace tras examinar las ánforas que contenía el mismo barco.

Pero muchos historiadores dudaron de la autenticidad del mecanismo de Anticitera, e incluso alguno sugirió que habría sido arrojado al mar en la Edad Media y que casualmente habría caído en el barco hundido donde se le encontró.

La existencia de este y otros gadgets todavía más complejos está documentada en Cicerón, que fue alumno de retórica en Rodas en aquella época, aunque los historiadores consideraron que estos relatos eran exageraciones intencionadas, pues la Rodas del siglo I a.C. sufría una severa crisis económica, producto de su competencia con el puerto romano de Delfos. Pero la realidad es que Rodas resistió los ataques de Macedonia, que disponía de un armamento más avanzado, así como mantuvo alejados a los piratas del Mediterráneo, y aun el poderoso Imperio romano no pudo conquistar la minúscula isla griega hasta el año 43 a.C. Los habitantes de Rodas fueron grandes navegantes con una sólida tradición astronómica y hay razones para creer que sus científicos conocían muy bien los sistemas de engranajes, pues una fuente bizantina de la época afirma haber visto un invento de ellos llamado políbolo o ballesta de repetición, atribuidas a Dionisio de Alejandría y a Filón de Bizancio. Esta perfeccionada arma solo era posible gracias al uso de un intrincado sistema de engranajes que activaba el mecanismo de resorteo de la catapulta y colocaba los proyectiles en posición de lanzamiento uno tras otro, sin asistencia humana.

 

 

¿Por qué esta clase de mecanismos no reapareció hasta el año 1575 de nuestra era? Para los griegos de la Antigüedad lo fascinante era pensar y no construir dispositivos, ya que esta tarea era propia de artesanos (esto de ganarse el pan con el trabajo manual nunca estuvo bien considerado) y los hombres de ciencia no se rebajaban a ese nivel. De ahí que se conserven pocos registros escritos y prácticamente ninguno físico de algunos ingeniosos mecanismos que se sabe fueron construidos por entonces. El gran Arquímedes escribió una obra (ahora perdida) con el título Sobre el arte de hacer esferas, y al parecer se avergonzaba de haber dedicado tiempo a una tarea práctica de esa naturaleza y que le mantuvo alejado de sus tareas netamente abstractas.

Lo que os decía en el título, el iPad de Arquímedes o la historia de la computación en un microrrelato. Os he presentado sucintamente el mecanismo de Anticitera (alguien lo ha denominado el ipad de Arquímedes). Aunque en la actualidad parece estar claro cómo funciona, en cambio aún se tienen dudas sobre su utilidad. Algunos creen que habría sido utilizado para la planificación de las tareas agrarias o fechas de festivales religiosos basados en la astronomía, mientras otros creen que también podría haber sido útil para la enseñanza, la navegación o la astrología.

Si queréis conocer más sobre este artilugio, su historia y funcionamiento, no os perdáis estos documentales:

Hasta la próxima!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *